jueves, 14 de noviembre de 2013

Roma en un día, o primer día.


          " Vemos Roma en un día y nos sobra la mitad para comer.”

Con esta frase dimos por finalizado nuestro primer día en Roma. Quizás pueda parecer una afirmación exagerada, pero tras 7 horas andando de plaza en plaza y de iglesia en iglesia puedo afirmar que casi batimos todos los records existentes hasta el momento de monumentos y plazas visitadas en un día continuando vivos para seguir al día siguiente.

Bien es verdad que podríamos haber hecho uso del transporte público, pero es más bonito mezclarse entre la gente por las callejuelas de nombres impronunciables observando el gentío y degustando en cada esquina sus sabrosas porciones de pizzas, aunque mis compañeros de viaje apenas hacía uso de las degustaciones gastronómicas que nos ofrecía dicha ciudad y era una servidora la que se empañaba una y otra vez en apreciar dichos manjares. Por su culpa y por dejarme comer como si no hubiera un mañana volví a Madrid con dos quilos de más.

Llevábamos organizadas más o menos las rutas de cada día, pero durante la primera mañana no se me ocurre otra cosa que inconscientemente perder de forma fortuita dichos papeles...menos mal que existen mapas claros y con dibujitos que nos guiaron en todo momento.
Es preciso destacar la destreza y buena orientación de mis compañeros GPS llamados Raúl y Sandra, si no es por ellos todavía estaría dando vueltas por la plaza del Pópolo esquivando autobuses que se empeñaban una y otra vez en intentar pillarme. Hecho que casi sucede mientras me hacían una foto en dicha plaza, yo posando con mi mejor sonrisa y ellos riendo viendo acercarse el autobús hacía mi, en ese instante corrí mientras daba gracias al cielo por tan rápida acción observando incrédula cómo el conductor se partía de risa.

Y de plaza en plaza y sigo andando porque me toca llegamos a la plaza Navona donde los pintores más variopintos exponen sus obras que al parecer poca gente compra, para continuar por la parte trasera de dicha plaza donde un café con gusto renacentista nos mostraba sus balcones y ventanas adornadas con macetas y flores enredaderas que le daban un toque de cuento. Precioso barrio.

Y por fin aparecimos de la nada delante de la grandiosa Fontana de Trevi, donde me dieron ganas de tirarme al agua para ver si se despejaba un poco los alrededores, porque era tal el gentío y marabunta de turistas pesados que se agolpaban allí que acercarnos para hacer la pertinente foto iba ser toda una odisea, así que que decidimos tomarnos un helado algo frío en la heladería de la esquina. Los helados de Roma son pequeñas delicias que los dioses nos ofrecen y por eso yo no hacía otra cosa que comerlos, ya que como todo el mundo sabe no se puede hacerles feos a los dioses.

Y otras tres horas para el regreso al hotel.... lógicamente se nos hizo de noche, lo que no entiendo es cómo no nos dieron las claras del día...

Continuará.
 
 

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