lunes, 27 de octubre de 2014

La Vieja Bicicleta


Caía la tarde de Invierno sobre el pequeño pueblo que parecía desierto. Sólo una pequeña luz iluminaba una de las estrechas callejuelas dando algo de color a la triste noche.

 La luz provenía de la humilde casa del carnicero del pueblo, Don Ángel Bravo, hoy habitada sólo durante unos días por su nieto del mismo nombre.
 El joven era alto, rubio y con ojos grises, igual que su abuelo.


Y hoy más que nunca le recuerda frente a la chimenea humeante, añadiendo pausadamente más troncos de leña, que poco a poco le permiten calentar la fría habitación y asar un puñado de
castañas mientras recuerda con melancolía y una sonrisa historias que su abuelo le contaba sobre sus rodillas.

También recuerda cómo hace 10 años jugaba con sus primos por las calles, subían a los escurridizos
árboles, iban a pescar a las afueras del pueblo y buscaban ranas en las charcas con las que más tarde
asustarían a sus primas.

Pero sobre todo recordaba las tardes haciendo carreras con su bici, cómo la pintaba, arreglaba, intercambiaba con sus amigos...

Así que de un impulso, saltó prácticamente de la silla y subió al desván donde entre escombros y trastos viejos la encontró, y apartando con cuidado la mata de polvo que la cubría,  observó que parecía un amasijo de hierros viejos. El sillín estaba descolchado, amarillento, el manillar del color del metal oxidado, sus pegatinas sin color... pero aun así una sonrisa se dibujo en su cara al cogerla y tocarla de nuevo tras el paso de los años.


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